Grupo 5° Humanístico Liceo N°1 Doctor Alfonso Espínola
Este blog fue creado con el fin de brindar a los alumnos acceso directo a los textos abordados en el curso, así como también a la información que trabajemos a lo largo del año.
Buscar este blog
sábado, 18 de marzo de 2017
Los orígenes del teatro y la tragedia griega
GRUPO 5° HUMANÍSTICO LICEO N° 1 Doctor Alfonso Espínola
ORÍGENES DEL TEATRO
El teatro surge en la Antigua Grecia, concretamente en una zona geográfica: el Ática, región donde se encontraba la ciudad de Atenas.
La Antigua Grecia estaba formada por numerosos estados independientes diseminados por la península balcánica, el oeste de Asia Menor, el sur de Italia y las islas del mar Egeo, separadas entre sí por fronteras naturales de mar o de montañas. Esas ciudades – estado eran las “polis”, autónomas y autárquicas y de territorio pequeño.
A pesar de ser un mosaico de ciudades – estado con sus localismos, diferencias dialectales y formas diferentes de organización, los griegos tenían plena conciencia de su unidad como pueblo, por su origen común, por hablar la misma lengua y creer en los mismos dioses. Se llamaron a sí mismos “helenos” (la denominación de “griegos” se la dan los romanos).
La lengua.
La importancia de la lengua era tal, que la “Hélade” comprendía a todos aquellos que hablaban griego, vinieran de Grecia, Asia o del sur de Italia.
Cada ciudad tenía su propio dialecto pero existían tres grandes grupos dialectales que se diferenciaban por su vocabulario, pronunciación y formas de las palabras: el jonio (una de las ramas es la base del koiné, que es el griego común), el dorio (es el que empleaban los poetas para las intervenciones del coro en la tragedia), y el eolio.
Los griegos comprendían los diferentes dialectos, y era frecuente que convivieran en una misma obra literaria.
La religión.
Al referirnos a la religión griega debemos introducir el concepto de mitología. La palabra es de origen griego: “mythos” (fábula) y “logos” (tratado). La mitología es el conjunto de fábulas y leyendas de un pueblo, y también el estudio de los mismos.
El mito es la tentativa de penetrar, por medio de la imaginación en lo que no puede explicarse de otra manera: el misterio de la existencia. El hombre busca, a través del mito, acercarse a todo aquello que no puede explicar racionalmente. Son respuestas a las cuestiones más profundas o graves que un grupo humano puede plantearse: sus orígenes, su destino, el mundo, la vida, la muerte, el más allá.
La religión griega era antropomórfica, sus dioses tenían forma humana. En realidad, se diferenciaban de los humanos por el poder y la inmortalidad, pero tienen las mismas debilidades y están sujetos a las mismas pasiones que los hombres. Se mezclan en los asuntos humanos y suelen incluso mantener relaciones amorosas.
El politeísmo era la otra característica. Existían doce divinidades principales, pero había numerosísimas divinidades locales, semidioses o héroes deificados.
Cada polis poseía sus cultos y rituales, y las versiones de los mitos varían no solo en el tiempo y en el espacio, sino en las manifestaciones religiosas de las diversas capas sociales.
En el siglo VII A.C. se incorpora al Olimpo una nueva divinidad: DIONISOS. El surgimiento del teatro está estrechamente vinculado con las fiestas que se celebraban en diferentes épocas del año en honor a este dios.
El mito de Dionisos.
Dioniso, llamado también Baco e identificado en Roma con el antiguo dios itálico Liber Pater, es, en esencia, en la época clásica, el dios de la viña, del vino y del delirio místico. Su leyenda es compleja, porque une elementos diversos tomados en préstamo no solo a Grecia, sino también a países vecinos.
Así, por ejemplo, Dioniso ha asimilado cultos análogos procedentes de Asia Menor, y estas identificaciones parciales han dado origen a episodios relacionados, con mayor o menor fortuna, con el resto de su historia.
Dioniso es hijo de Zeus y de Sémele, hija de Cadmo y Harmonía. Pertenece, por tanto, a la segunda generación de los Olímpicos, como Hermes, Apolo, Artemis, etc. Sémele, amada por Zeus, le pidió que se le mostrase en todo su poder, cosa que hizo el dios para complacerla; pero, incapaz de resistir la visión de los relámpagos que rodeaban a su amante, cayó fulminada. Zeus se apresuró a extraerle el hijo que llevaba en el seno, y que estaba solo en el sexto mes de gestación. Lo cosió en seguida en su muslo, y al llegar la hora del parto, lo sacó, vivo y perfectamente formado. Era el pequeño Dioniso, el dios <<nacido dos veces>>. El niño fue confiado a Hermes, quien encargó de su crianza al rey Orcómeno, Atamante, y a su segunda esposa Ino. Les ordenó que revistiesen a la criatura con ropas femeninas a fin de burlar los celos de Hera, que buscaba la perdición del niño, fruto de los amores adúlteros de su esposo. Pero esta vez Hera no se dejó engañar y volvió loca a la nodriza de Dioniso, Ino, y aún al propio Atamante. En vista de ello, Zeus se llevó a Dioniso lejos de Grecia, al país llamado Nisa, que unos sitúan en Asia y otros en Etiopía o África, y lo entregó a las ninfas de aquellas tierras para que lo criasen. Con objeto de evitar que Hera lo reconociese, lo transformó entonces en cabrito. Este episodio explica el epíteto ritual de <<cabrito>> que lleva Dioniso, y, a la vez, de una etimología aproximada de su nombre, al acercarlo al de Nisa. Más tarde, las ninfas que criaron a Dioniso se convirtieron en las estrellas de la constelación de la Híades.
Ya adulto, Dionisio descubrió la vid y su utilidad. Pero Hera lo enloqueció, y en estado de locura anduvo el dios errante por Egipto y Siria. Remontando las costas de Asia, llegó a Frigia, donde lo recibió la diosa Cibeles, que lo purificó e inició en los ritos de su culto. Curado ya de la locura, Dioniso se trasladó a Tracia, donde fue mal acogido por el rey Licurgo, que reinaba en los márgenes del Estrimón. Licurgo intentó coger prisionero al dios, pero no lo consiguió, pues este fue a refugiarse al lado de la nereida Tetis, quien le dio asilo en el mar. Pero Licurgo pudo capturar a las bacantes que escoltaban a Dioniso; estas fueron liberadas milagrosamente, y Licurgo, atacado de locura. Creyendo destruir la vid, la planta sagrada de su divino enemigo, cortóse la pierna y cercenó al mismo tiempo las extremidades de su hijo. Vuelto a la razón, se dio cuenta también de que sobre su país se había abatido el azote de la esterilidad. Se consultó el oráculo, y este reveló que la cólera de Dioniso no se calmaría hasta que se hubiese dado muerte a Licurgo; así lo hicieron sus súbditos, quienes lo descuartizaron atándolo a cuatro caballos.
Desde Tracia, Dioniso pasó a la India, país que conquistó en el curso de una expedición mitad guerrera, mitad divina, sometiendo aquellas tierras por la fuerza de las armas – pues llevaba consigo un ejército – y también con sus encantamientos y poder místico. En esta época parece que tomó su origen el cortejo triunfal con el que Dioniso se acompañaba: el carro tirado por panteras y adornado con pámpanos, y hiedra, los silenos y las bacantes, los sátiros y otras divinidades menores.
De vuelta a Grecia, Dioniso se dirigió a Beocia, el país de donde era oriunda su madre. En Tebas, donde reinaba Penteo, sucesor de Cadmo, introdujo las Bacanales, las fiestas de Dioniso, en las que todo el pueblo, y especialmente las mujeres, era presa de delirio místico y recorría el campo profiriendo gritos rituales. El rey se opuso a la introducción en su país de ritos tan peligrosos, y fue por ello castigado, así como su madre Ágave, en pleno delirio, lo desgarró con sus propias manos en el Citerón. En Argos, adonde fue a continuación, Dioniso puso de manifiesto su poder de manera análoga, al enloquecer a las hijas del rey Peto, así como a las mujeres del país, que recorrieron la campiña mugiendo como si hubiesen sido convertidas en vacas y llegando, en su extravío, hasta devorar a sus hijos en su seno.
Después, quiso el dios pasar a Naxos, para lo cual contrató los servicios de unos piratas tirrenos, pidiéndoles que lo embarcasen en su naves y lo condujesen a dicha isla. Pero los piratas, fingiendo aceptar el trato, pusieron rumbo al Asia, con la idea de vender a su pasajero como esclavo. Cuando Dioniso se dio cuenta, transformó los remos en serpientes, llenó el barco de hiedra e hizo que resonaran flautas invisibles. Paralizó la nave entre enramadas de parra, de tal modo que los piratas, enloquecidos, se precipitaron al mar, convirtiéndose en delfines – lo cual explica que los delfines sean amigos de los naufragios, puesto que son piratas arrepentidos -. En este momento, el poder de Dioniso fue reconocido por todo el mundo, y el dios pudo ascender al cielo, terminada ya su misión en la tierra e implantada por doquier la observancia de su culto.
Sin embargo, antes quiso descender a los Infiernos en busca de la sombra de su madre Sémele, para devolverla a la vida. Hízolo atravesando el lago de Lerna, un lago sin fondo que se creía el acceso más directo al mundo infernal. Pero, como Dioniso no sabía el camino, hubo de preguntarlo a un tal Prosimno, el cual le pidió, para cuando regresase, una determinada recompensa. Dioniso no pudo dársela porque Prosimno había muerto antes de su regreso, pero se esforzó en cumplir su promesa mediante un bastón de forma apropiada que plantó en su tumba. En el Hades, Dioniso pidió al dios que pusiese en libertad a su madre. Hades accedió a condición de que Dioniso diese a cambio algo que estimara en mucho. Entre sus plantas predilectas, el dios cedió el mirto, y tal es el origen, según se dice, de la costumbre que tenían los iniciados en los misterios dionisíacos de coronarse la frente con mirto.
Después de su ascensión al cielo, y en calidad de dios, Dioniso raptó a Ariadna, en Naxos.
Dioniso interviene también en la lucha de los dioses contra los gigantes. Mata a Éurito de un golpe de tirso (larga asta adornada con hiedra), su insignia ordinaria.
Dioniso, dios del vino y la inspiración, era festejado mediante tumultuosas procesiones en las que figuraban, evocados por máscaras, los genios de la Tierra y la fecundidad. De estos cortejos se originaron las representaciones, más regulares, del teatro, la comedia, la tragedia y el drama satírico, que conservó por más tiempo la huella de su origen. En la época romana, y desde el siglo II antes de nuestra Era, los Misterios de Dioniso, con su carácter licencioso y orgiástico, penetraron en Italia, donde encontraron tierra abonada entre las poblaciones poco civilizadas aún en la zona montañosa central y meridional. El Senado Romano hubo prohibido la celebración de las Bacanales en 186 antes de Jesucristo. Pero las sectas místicas siguieron guardando las tradición dionisíaca, y el dios desempeña todavía un importante papel en la religión de la época imperial.
¿Cuáles son los aspectos del mito y del culto de los cuales surgirá más tarde la tragedia?
El propio nacimiento del dios está rodeado de persecución, desmesura y sufrimiento: persecución de Hera, que busca su aniquilamiento, desmesura de Sémele, que pretende presenciar junto a Zeus la máxima manifestación de este olvidando su condición de mortal: sufrimiento consecuente de ambas situaciones, y que lo colocan al borde de la muerte pre – natal.
Toda su infancia estará signada por la persecución de Hera, de la que buscará escapar por medio del uso del disfraz (ropas femeninas, pieles de animales), que oculte su verdadera identidad (esencia del actor que, en escena, oculta su ser para adoptar una personalidad diferente a la propia).
A partir de este fenómeno, nos dirigimos al culto, donde los fieles reproducen el comportamiento del dios, cuando, durante el delirio místico, el uso de la piel del macho cabrío y eventualmente de máscara, se materializaba un rito de incorporación en el que creían que sus cuerpos recibían el espíritu del dios.
Junto a esto, dentro aún de los rituales dionisíacos, se debe considerar a los “entonadores del ditirambo”.
¿Qué es el “ditirambo”?
El término “dithyrambos”, designaba en la antigua Helade una modalidad de canto en honor a Dionisos. De estilo ampuloso, música apasionada, se acompañaba con flauta y se bailaba. Al principio, el contenido consistía en la evocación de las aventuras del dios y su consiguiente exaltación.
Durante la entonación bebían vino con fervor religioso, pues creían que con eso introducían en su cuerpo el espíritu del dios. El rito derivaba en exaltación orgiástica, ya que Dionisos también representaba el estado natural, la euforia vital, el desenfreno.
La función social del ritual dionisíaco era catártica: purificaba al individuo, era para ellos como una válvula de escape. Dionisos ofrecía libertad, era el dios del goce.
¿Cómo se llega, a partir del ditirambo (canto himnico coral) a la forma dramática?
Parecería ser que con el surgimiento del “hypocrites” (el que responde), es decir, un solista, que separa su canto o recitado del resto del coro, para entonarlo alternadamente: el coro pregunta, el solista responde; o el coro expone y el solista interpreta: estarían naciendo allí el personaje a la par que el actor que lo encarna (inicialmente el encarnado sería el propio Dioniso). La creación del “hypocrites” habría sido obra de Tespis, director del coro (corifeo) quien pasará a la historia como el posible creador de la tragedia, hacia el 536 A.C. Para que los coreutas descansaran improvisaba recitados que serían el germen de la labor de los actores, estableciendo un diálogo con el sacerdote. También se le atribuye la invención de la máscara (antes se pintaban el rostro) y el incluir en los cantos, no solo las hazañas de Dionisos sino las de los héroes nacionales y locales.
Evolución de la tragedia.
Se deben destacar tres de sus mayores exponentes y contribuyentes en su evolución: Esquilo, Sófocles y Eurípides.
Esquilo:
- Introduce el deuteragonista, con el que dialoga el protagonista, en los dramas anteriores el diálogo se mantenia entre el hyprocrités y el coro.
- El coro pierde importancia, quedando subordinado a la acción llevada a cabo por los personajes.
- La tradición le atribuye la invención(quizás el perfeccionamiento) de la máscara y el coturno.
- En algunas de sus obras aparecen temas que se reiterarán en las posteriores: la ineluctibilidad de las leyes del Hado, la herencia misteriosa del delito, el conflicto interior entre la voz natural y un orden superior, el cumplimiento de una ley justiciera en las vicisitudes humanas.
- Organizó sus obras en trilogías: tres tragedias bajo un tema común.Sófocles:
- Introdujo el tritagonista.
- Carácter más dramático por la vivacidad de los diálogos.
- Humanización de los personajes,, con una psicología más dinámica y profunda.
- Disminuye el papel del coro, cuyos pasajes líricos serán más breves.
- Tiende a introducir al coro cada vez más dentro del nudo de la acción y hacer de él cada vez más un “personaje”.
- Aumentó a quince el número del coro.
- Sustituyó la trilogía encadenada a la manera esquiliana por la trilogía libre donde cada una adquiere autonomía.
- Sus héroes no son prisioneros del destino sino de su propia personalidad, de sus errores y de sus pasiones.Eurípides:
- El papel de los actores se hace más importante.
- El coro ya no es uno de los elementos de la acción.
- Ahonda psicológicamente en los personajes.
- Introduce nuevos móviles para la acción, cuya trama es más compleja.
- Mitos y leyendas humanizados y racionalizados.
- Perfeccionamiento de los elementos de la puesta en escena.
- Uso particular de Prólogo, epifanía y Deus ex machine.Definición de tragedia.Etimológicamente, es el canto del coro disfrazado de sátiros (“tragos”: macho cabrío; “ode”; canto).Definición de tragedia según Aristóteles: “La tragedia es imitación de una acción esforzada y completa, de cierta extensión, en lenguaje agradable, actuando los personajes y no mediante relato, y que, mediante compasión y temor, llevaba a cabo la purificación de los afectos”.En el final de la definición aparece la función didáctica de la tragedia: la catarsis. Significa “transformación”. Es la repercusión en el espectador de un proceso que debía realizar el personaje.El personaje aparece en estado de equilibrio (sofrosine). Por un error, un traspié desafortunado (hamartía), se desencadenan las “peripateia”, peripecias, es decir, mudanza súbita de situación, así incurre en una culpa que lo transporta a una angustia máxima (crisis). Su “hybris”, orgullo, desmesura, obstinación, ir más allá de los límites permitidos por los dioses, le provoca “até” ceguera, espiritual del entendimiento, y lo impulsa a actuar en contra de su “moira”, destino, de ello no se percatará hasta donde sea demasiado tarde. Luego, reconoce su culpa, y acepta su castigo como justo (anagnorisis), restableciéndose el equilibrio. Cuando este proceso es “vivido” por el espectador, se da la catarsis, para que ello sea posible, este debe sentir “sympatheia” hacia el héroe, quien debe ser digno de despertar sentimientos respetuosos. El espectador debe reconocer que si comete esos errores recibirá un castigo, y deberá aceptarlo. No hay culpa sin castigo, y no hay castigo que no sea justo.
Unidades aristotélicas de la tragedia.
A partir de la definición de tragedia de Aristóteles, podemos señalar las que se denominan tres unidades:
- Unidad de acción: la tragedia debe mostrar una sola fábula, una acción completa y entera. Si se cuenta más de una acción, la obra se desmesura.
- Unidad de tiempo: no se admite desmesura temporal. El tiempo de la ficción en la tragedia no debe superar las 24hs. Está limitada por la capacidad del recuerdo.
- Unidad de lugar: la acción de cada tragedia debe desarrollarse en el mismo lugar, de principio a fin, sin cambio de escena.
Estructura de la tragedia.
- Prólogo (diálogo o monólogo). Centra la atención en el mito o la parte del mito que se representará, vinculando el pasado con el presente de la acción, ofr4eciendo al espectador el motivo y las circunstancias de los personajes que nutren la tragedia.
- Párodos composición lírica cantada por el coro a su entrada en el teatro, es la primera intervención coral que toma su nombre de los corredores por donde entraba el coro.
- Episodio I. En los episodios se desarrolla la acción de la obra. Los actores dialogan entre sí con ocasionales intervenciones del coro.
- Estásima I. En ellas se da la actuación del coro, y sirven para separar los episodios (los actores se ha retirado).
- Episodio II.
- Estásima II.
- ... Episodio V.
- Éxodo. Canto del coro al retirarse. Situación final. Puede concluir con algunos versos moralizantes recitados por el corifeo.
La ironía trágica.
Hay ironía cuando un mismo enunciado revela, mas allá de su sentido evidente y primario, un sentido profundo, a menudo contrario al primero. Cier5tos signos (entonación, situación, conocimiento de la realidad descrita) indican, de una forma más o menos directa, que es preciso superar el sentido evidente para remplazarlo por su contrario.
La ironía trágica es ironía del propio autor que utiliza como recurso teatral, por el cual los espectadores conocen, más que los personajes, la realidad y significación verdadera de los hechos representados y de la ambigüedad del lenguaje, de tal manera que las palabras adquieren un significado para quien las pronuncia y otro para el público – verdadero destinatario – que las escucha.
En lo irónico – dramático el héroe se engaña totalmente respecto a su situación y se dirige hacia su perdición, mientras cree que saldrá victorioso.
La comedia.
“Comedia” quizá deriva de “coomos”, fiesta con música y baile en honor a Dionisos, o de “coome”, que significa “aldea”.
Al igual que la tragedia, la comedia proviene de los primitivos cultos dionisíacos, particularmente de las danzas festivas y los cantos que celebran el renacer del dios y la fuerza procreadora de la naturaleza. El espectáculo resultaba así grotesco y bullicioso, contrastando con la escasa movilidad de los actores y los giros rítmicos y mesurados del coro en la representación trágica.
Poco ha llegado a nosotros de la comedia griega: once piezas de Aristófanes, representante de la comedia antigua, y una sola pieza de Meandro. “El Misántropo”, representante de la comedia nueva.
Tomaban sus asuntos de la actualidad. La comedia no era solo un pasatiempo en que el público reía viendo y oyendo obscenidades, sino una forma polémica de difundir ideas.
Los atenienses de aquella época poseían sin duda una extraordinaria amplitud de criterio, y las mismas autoridades fomentaban un género donde se ponía de manifiesto sus propios defectos.
Los personajes y el coro solían dirigirse al público en general o a un espectador en particular, los que posibilita la participación directa de los asistentes al espectáculo.
Surge así la parábasis, que divide a la comedia antigua en dos partes. En ella el coro, interrumpiendo la acción, se dirige al público por hacer la apología del poeta, defenderlo de los ataques de sus enemigos, declarar sus propósitos y reclamar el favor de todos.
La comedia antigua, como la tragedia, consta de prólogo, párodos, episodios, estásimas y éxodo, pero su estructura no es tan definida porque la acción es más animada y el coro participa en ella con frecuencia. Las estásimas de la comedia continúan la acción en lugar de suspenderla. Solo la parábasis, elemento exclusivo de la comedia, establece una pausa.
El coro de la comedia era más numeroso que el coro trágico; contaba con veinticuatro coreutas en lugar de las doce o quince de la tragedia. Aparecían con disfraces grotescos y llamativos, muchas veces representando animales, con lo que se acentuaba los rasgos caricaturescos.
En cuanto a los actores, eran en principio tres como en el drama trágico, pero la regla no era observada en esto estrictamente, como tampoco las llamadas unidades aristotélicas.
Bibliografía consultada:
Aristóteles. Poética. Ed. Aguilar. Madrid. 1963.
Bowra, C.M. Historia de la literatura griega. F.C.E. México. 1982.
Grimal, Pierre. Diccionario de la mitología griega y romana. Ed. Paidós Bs.As. 2010.
errandonea, I. Sófocles y su teatro. Ed. Escelicer. Madrid 1942.
Galmés, Héctor. Introducción a la literatura griega y latina. E.B.O. Montevideo. 1974.
Lida, María Rosa. Introducción al teatro de Sófocles. Ed. Losada. Bs. As. 1973.
Nietzsche, F. El origen de la tragedia. Ed. Austral.
Jaeger, Werner. Paideia. F.C.E. México. 1954.
Edipo Rey - Sófocles
GRUPO 5° HUMANÍSTICO LICEO N° 1 Doctor Alfonso Espínola
Les dejo el enlace para el primer texto a trabajar:
http://getafe.es/wp-content/uploads/S%C3%B3focles-Edipo-Rey.pdf
OTRA OPCIÓN:
http://www.biblioteca.org.ar/libros/133636.pdf
Una rosa para Emily - William Faulkner
GRUPO 6° DERECHO - LICEO N° 1 Doctor Alfonso Espínola
Les dejo el enlace para el primer texto a trabajar:
https://myrnasesoriared.files.wordpress.com/2009/01/una-rosa-para-emily.pdf
¡Buena lectura!
lunes, 31 de octubre de 2016
Cortometraje, Adaptación del cuento La siesta del martes
Cortometraje; adaptación del cuento La siesta del martes de Gabriel García Márquez
Nuevas felicitaciones al grupo de 5° Biológico 1
viernes, 28 de octubre de 2016
Regreso al Aqueronte - Héctor Galmés
REGRESO
AL AQUERONTE
Caronte: Escuchad en qué situación nos encontramos. Pequeña
es, como veis, la barquichuela de que disponemos, está un tanto carcomida, hace
agua por casi todas partes, y, si se inclina a uno u otro lado, irá boca abajo.
En cuanto a vosotros, ¡sois tantos los que habéis llegado a un tiempo, todos
con abundante equipaje! Si embarcáis con ello, temo que os arrepintáis después,
especialmente todos aquellos que no sabéis nadar.
LUCIANO, Diálogos de los Muertos, X.
Lo volvió
a ver desde lo alto de las dunas; recién entonces reparó en el color violáceo
que contrasta con el ocre pálido de las colinas de arena, que parecen
inmóviles, pero que son empujadas muy lentamente por el viento débil e
incesante. Le pareció un vino derramado y triste. Si alguien le hubiera
preguntado antes por el color del río, no hubiese sabido contestar con certeza,
pues conservaba un recuerdo borroso. Habría dicho que era pardo, o gris oscuro,
o un agua sucia de color indefinido en la que flotaban restos de naufragios. Pero
jamás color de vino. Tal vez había cambiado con el tiempo. El viento rizaba
apenas la superficie. Linfa espesa, río muerto, casi pantano. Si no fuera por
los maderos que se movían pesadamente hacia la curva pronunciada en la que el
río desaparecía tras las dunas, se diría que no tenía corriente. Verlo otra
vez, no le produjo ni pena ni alegría; tampoco sintió demasiada curiosidad por
averiguar quiénes eran aquellos que se agolpaban en la otra orilla a la espera
de la barca. Abundaban los rostros ensangrentados y cubiertos de vendajes, los
cuerpos mutilados. Algunos estaban completamente desnudos, otros, envueltos por
largas capas. Los veía con nitidez a pesar de la distancia. Desde que se
encontraba allí sufría de miopía como todos los que han cruzado el río. Por eso
no podía distinguir con claridad los detalles próximos. A menos de tres brazas
los rostros se desdibujaban por completo, pero a medida que aumenta la
distancia, los contornos se aclaran, aunque ya no es posible reparar en los
detalles. Todos parecen tener la misma cara, la misma voz, el mismo color
terroso.
Hubiera
jurado que la distancia entre una y otra orilla era mayor, al menos eso le
había parecido cuando esperaba la barca. No podía imaginar cuánto tiempo había
transcurrido desde entonces. Cinco, diez, einticinco años… Carecía de
referencias; había perdido la noción del tiempo.
El cruce
lo había hecho en compañía de un leproso, una monja, una madre muy joven con su
hijo recién nacido, dos prostitutas, un sastre de París, un sodomita calcinado,
un banquero de Granada, una niña que cantaba loores a la Virgen, y algunos
otros que había olvidado. Él fue el único poeta en ese viaje. A pesar de los
esfuerzos enormes del barquero gigantesco, inexpresivo y pálido, la barca
apenas se movía. La ansiedad por alcanzar la otra orilla para emprender el largo
camino que lo condujera ante la presencia de la Amada, le hizo pensar que jamás
llegaría a la playa, siempre distante, rodeada por altas dunas. Mientras la
niña repetía hasta el cansancio su breve repertorio de loores, el poeta
repasaba mentalmente el mapa del otro mundo, círculo por círculo, en cuyo
relevamiento había perdido los mejores años de su vida, hurgando aquí y allá,
sin desdeñar las fuentes griegas ni las musulmanas, en procura de datos
fidedignos. Contrariamente a lo que había soñado alguna vez, nadie lo guiaba. El
baequero, solícito en contestar cualquier pregunta que le hicieran, le aseguró
que no necesitaría guía. Pensó el poeta que el camino no ofrecería demasiadas
dificultades, y que ascendería a la Luz y a la visión arrobadora, poco a poco,
y durante el tiempo necesario para purificar el alma.
Por fin
llegaron. Los viajeros se dispersaron entre las dunas, pero el poeta se detuvo
en la playa, la mirada clavada en una huella de la niña que se alejaba
cantando. Con el mentón apoyado en una mano, dedicó sus primeros pensamientos a
la Amada que lo esperaría en la cima del Purgatorio. Emprendió la marcha, lo
recordaba bien, detrás del leproso que, con los brasos extendidos, invocaba a
San Francisco. Cuando el leproso desapareció en una hondonada, el poeta volvió
a sentir el placer de la soledad. Advirtió una leve molestia en los ojos, los
cerró en procura de alivio, y repasó una vez más el itinerario que habría de
seguir. Al abrirlos, comprobó que su visión de las cosas próximas (su túnica,
sus miembros, la arena que pisaba), había disminuido considerablemente. Lo interpretó
como un anuncio de que, en adelante, solo la visión de lo distante y elevado
era lo que importaba, sin sospechar que eso llegaría a ser la causa de sus
principales angustias. Traspuso varias dunas, entre los que vio algunos grupos
silenciosos; se acercó a ellos, pero a medida que se aproximaba se le iban
borrando los rostros. Preguntó por el camino, pero nadie entendía su lengua. Más
adelante encontró a un anciano sentado sobre un montículo, que le contestó en
latín que no había camino. No le creyó, y continuó la marcha hasta las últimas
elevaciones desde donde divisó la llanura, la interminable llanura cubierta por
una multitud abigarrada, como jamás hubiera imaginado. Algunos permanecían
inmóviles, otros, tal vez los recién llegados, se movían con afán en busca de
alguien. Un rumor, como el de un trueno distante y prolongado, subía hasta el
poeta para ahogarle las esperanzas. Ella estaba entre la multitud, sin duda,
¿pero cómo encontrarla? Envidiaba a los pocos que permanecían abrazados,
eternamente abrazados después de un encuentro fortuito. Más allá del horizonte
lívido, apenas visible a la luz mortecina e invariable, de origen desconocido,
la muchedumbre se extendería hacia límites insospechados. Descendió deprisa
para confundirse con la humanidad pretérita, y anduvo y anduvo sin que en su
corazón se disipara totalmente la esperanza de encontrar a la Amada. Iba gritando
su nombre; muchas mujeres acudieron, y aunque no distinguía sus rasgos, no
tardaba en comprobar que no era ninguna de aquellas. Caminó, no supo cuánto,
porque no era posible medir ni el tiempo ni el espacio, caminó hasta que la muchedumbre
fue raleando; hasta que dentro del círculo del horizonte no hubo más que medio
centenar de almas, luego fueron veinte (podía contarlas sin dificultad); hasta
que no hubo más que él y una figura encorvada que se perdía a lo lejos. Cuando quedó
completamente solo en medio de la llanura, quiso rezar, pero no supo a quién.
Siguió
caminando sin rumbo. Era lo mismo que quedarse inmóvil. Para sobrellevar el
tedio, repasaba verso a verso su geografía rimada del otro mundo, el que él
había imaginado y tuvo por cierto durante su vida terrena. Solo había acertado
en lo que tenía que ver con el río y el barquero. Jamás hubiera soñado que lo
esperarían una muchedumbre sin rostro y un desierto.
Anduvo
sin parecerle que andaba, hasta que divisó a, lo lejos a un hombre que corría
perseguido por otro. La distancia entre ambos era constante, aproximadamente
media milla. Corrían en amplios círculos sin alcanzarse. Cualquiera de los dos
podía ser el perseguido o el perseguidor. El poeta llegó a contar ochenta y
siete vueltas antes de que se perdieran en cualquier punto del horizonte. Supuso
que serían Caín y Abel.
Más adelante
aparecieron otras figuras aisladas y, luego, grupos más numerosos hasta que
volvió a encontrarse en medio de la muchedumbre. Cuando advirtió que algunos
caminaban afanosamente en el sentido contrario al que llevaban sus pasos, se
dio cuenta de que se hallaba cerca del Aqueronte.
Lo volvió
a ver desde lo alto de las dunas. Nada había cambiado – creyó al principio - ,
desde aquel viaje en que la niñita cantaba loores y el leproso se consolaba
comprobando la inmaterialidad de sus llagas. Bajó hasta la orilla y reconoció
la barca que lo había traído, con un rumbo en el casco, cerca de la proa. Los restos
de otra barca, con el mástil quebrado y la vela hecha jirones, emergían de la arena.
A esa la recordaba bien. Ya estaba allí cuando llegó desde la orilla opuesta,
donde ahora se agolpaba una multitud en la que abundaban los cuerpos
ensangrentados o mutilados. Se preguntó cómo harían ahora para cruzar el río. Acaso
el barquero había abandonado su penoso oficio al quedarse sin barca; tal vez
tenía otra y seguía una ruta diferente, pues las dunas habían avanzado sobre
esa parte de la costa. En efecto, la otra barca no tardó en aparecer por un
recodo. Era más grande y oscura que las otras y tenía casco de metal. También un
mástil, pero la vela no era de tela sino de humo. No acertaba a explicárselo. El
barquero parecía el mismo, tan pálido e inexpresivo como antes. Pero no
empuñaba el remo, sino que iba parado en la popa, haciendo girar lentamente una
rueda vertical. De pronto el poeta sintió un estremecimiento; era la primera
emoción que experimentaba desde que el cura le había administrado la
extremaunción: sobre el casco oxidado creyó leer el nombre de la Amada. El
lapso que demoró el barquero en recoger a los desdichados y volver, le pareció
la eternidad. Caminó hasta el lugar donde supuso que desembarcarían. Lo animaba
el deseo de develar el misterio de aquel nombre.
Apenas
el barquero echó el ancla, los más jóvenes, sin esperar que fuera colocada la
rampa entre la borda y el muelle de madera, se descolgaron por los costados y,
con el agua hasta la cintura, avanzaron hacia la playa, queriendo ser los
primeros en subir a las dunas para ver el paraíso. Ninguno de los que se
detuvieron un momento a contemplar el contorno entendió cabalmente los términos
con que se expresaba el poeta, aunque más de uno parecía hablar la misma
lengua. Por un romanista alemán que se lo explicó en un latín impecable, el
poeta se enteró de que Europa se hallaba asolada por una contienda sangrienta. Se
asombró al oír el año de la fecha: 1916. Habían transcurrido seis siglos.
Sin responder
a las preguntas del profesor, se internó en las aguas con las manos extendidas
hacia el nombre en relieve. Pero a medida que se acercaba las letras se volvían
borrosas para confundirse en una mancha larga y blanquecina. Las repasó una y
otra vez con los extremos de los dedos, y comprobó al fin que no era el nombre
de la Amada, sino el de una estrella de la constelación de Orión: Bellatrix. Aquel
nombre palpado alimentó sus sueños. Avivó en su mente el gusto por los
símbolos.
Amó la
nave y le pidió al barquero que lo dejara quedarse en ella. Su asombro fue
inmenso al enterarse de que la nave no era impulsada por el viento ni por el
remo, sino por el prodigio de la llama y poder revivir en ella las infinitas
imágenes soñadas.
Se sentía
dichoso cuando recorría la playa recogiendo los maderos traídos por el río que
descendía del Océano, y que después eran arrojados por su mano en el fogón de
la caldera.
Se hicieron
amigos con el barquero, que nunca había tenido con quien conversar cuando iba a
buscar a los que esperan en la otra orilla.
El barquero
recuerda a cada uno de los viajeros; cuando ambos descansan un poco, después de
cada travesía, sentados sobre el casco roto de la vieja barca, en la que viajó
el poeta y antes la Amada, el poeta le pide al barquero que se la describa. Y el
barquero repite una y otra vez las mismas palabras, y el poeta cierra los ojos
y la ve sentada entre el verdugo y la loca. La joven canta a media voz,
mientras sus dedos juegan con los rizos que caen sobre el sudario. El poeta le
pide al barquero que suprima al verdugo
y a la loca; pero el barquero insiste en que no es posible, porque si no
menciona a cada uno, los olvida y si los olvida es lo mismo que si nunca
hubieran viajado con él; de modo que la loca y el verdugo volverían a aparecer
entre los que esperan en la otra orilla, porque tienen que figurar en la nómina
de los muertos que guarda en su memoria.
- Entonces,
barquero, no la menciones a Ella. Olvídala, te lo suplico, barquero.
El barquero
guarda silencio, y echa a andar hacia el vaporcito. Ha llegado el momento de
zarpar nuevamente. Al promediar la distancia entre las dos orillas, el poeta
emerge del casco, se acerca al timón y le dice al barquero.
- Cuéntame,
barquero.
Y él
empieza a contar.
- Recuerdo
que en el viaje crucé a un obispo, tres gibelinos, dos güelfos, un vendedor de
cestas, dos moros, una familia de campesinos, un príncipe chino, y también un
verdugo y una loca. Lo extraño es que entre la loca y el verdugo había un lugar
vacío, y yo nunca permití que quedaran lugares vacíos entre quienes viajaban en
mi barca.
Galmés, Héctor. Narraciones Completas; La noche del día
menos pensado. Ed. Banda Oriental S.R.L. Montevideo. Año 2011
jueves, 6 de octubre de 2016
La pradera. Cortometraje. Adaptación 5°B1
Felicitaciones al grupo 5° Biológico I!!!
Por suerte, los alumnos me sorprenden cada vez más, las creaciones que son capaces de hacer.Un muy buen trabajo, con un plus, por el tiempo extra que les infirió.
Valoro el hecho de que aún concurriendo a un nocturno, luego de trabajar muchas horas y teniendo otras tantas ocupaciones, puedan hacer estos trabajos maravillosos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)