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martes, 16 de mayo de 2017

Selección de Cantos de La Divina Comedia


Grupo 5° Humanístico Liceo Dr. Alfonso Espínola


Infierno

Canto I

A mitad del camino de la vida,
en una selva oscura me encontraba
porque mi ruta había extraviado

¡Cuán dura cosa es decir cuál era
esta salvaje selva, áspera y fuerte
que me vuelve el temor al pensamiento!

Es tan amarga casi cual la muerte;
mas por tratar del bien que allí encontré,
de otras cosas diré que me ocurrieron.

Yo no sé repetir cómo entré en ella
pues tan dormido me hallaba en el punto
que abandoné la senda verdadera.

Mas cuando hube llegado al pie de un monte,
allí donde aquel valle terminaba
que el corazón habíame aterrado,

hacia lo alto miré, y vi que su cima
ya vestía los rayos del planeta
que lleva recto por cualquier camino.

Entonces se calmó aquel miedo un poco,
que en el lago del alma había entrado
la noche que pasé con tanta angustia.

Y como quien con aliento anhelante,
ya salió del piélago a la orilla,
se vuelve y mira el agua peligrosa,

tal mi ánimo, huyendo todavía,
se volvió para mirar de nuevo el sitio
que a los que viven traspasar no deja.

Repuesto un poco el cuerpo fatigado,
seguí el camino por la yerma loma,
siempre afirmando el pie de más abajo.

Y vi, casi al principio de la cuesta,
una onza ligera y muy veloz,
que de una piel con pintas se cubría;

y de delante no se me apartaba,
mas de tal modo me cortaba el paso,
que muchas veces quise dar la vuelta.

Entonces comenzaba un nuevo día,
y el sol se alzaba al par de las estrellas
que junto a él el gran amor divino

sus bellezas movió por vez primera;
así es que no auguraba nada malo
de aquella fiera de la piel manchada

la hora del día y la dulce estación;
mas no tal que terror no produjese
la imagen de un león que luego vi.

Me pareció que contra mí venía,
con la cabeza erguida y hambre fiera,
y hasta temerle parecía el aire.

Y una loba que todo el apetito
parecía cargar en su flaqueza,
que ha hecho vivir a muchos en desgracia.

Tantos pesares esta me produjo,
con el pavor que verla me causaba
que perdí la esperanza de la cumbre.

Y como aquel que alegre se hace rico
y llega luego un tiempo en que se arruina,
y en todo pensamiento sufre y llora:

tal la bestia me hacía sin dar tregua,
pues, viniendo hacia mí muy lentamente,
me empujaba hacia allí donde el sol calla.

Mientras que yo bajaba por la cuesta,
se me mostró delante de los ojos
alguien que, en su silencio, creí mudo.

Cuando vi a aquel en ese gran desierto
<<Apiádate de mí - yo le grité -,
seas quien seas, sombra u hombre vivo>>

Me dijo: <<Hombre no soy, mas hombre fui,
y a mis padres dio cuna Lombardía
pues Mantua fue la patria de los dos.

Nací sub Julio César, aunque tarde,
y viví en Roma bajo el buen Augusto:
tiempo de falsos dioses mentirosos.

Poeta fui, y canté de aquel justo
hijo de Anquises que vino de Troya,
cuando Ilión la soberbia fue abrasada.

¿Por qué retornas a tan gran pena,
y no subes al monte deleitoso
que es principio y razón de toda dicha?>>

<<¿Eres Virgilio, pues, y aquella fuente
de quien mana tal río de elocuencia'
- respondí yo con frente avergonzada -.

Oh luz y honor de todos los poetas,
válgame el gran amor y el gran trabajo
que me han hecho estudiar tu gran volumen.

Eres tú mi modelo y mi maestro;
el único eres tú de quien tomé
el bello estilo que me ha dado honra.

Mira la bestia por la cual me he vuelto:
sabio famoso, de ella ponme a salvo,
pues hace que me tiemblen pulso y venas.>>

<<Es menester que sigas otra ruta
- me repuso después que vio mi llanto -,
si quieres irte del lugar salvaje;

pues esa bestia, que gritar te hace,
no deja a nadie andar por su camino,
mas tanto se lo impide que los mata;

y es su instinto tan cruel y tan malvado,
que nunca sacia su ansia codiciosa
y después de comer más hambre aún tiene.

Con muchos animales se amanceba,
y serán muchos más hasta que venga
el Lebrel que la hará morir con duelo.

Este no comerá tierra ni peltre,
sino virtud, amor, sabiduría,
y su cuna estará entre Fieltro y Fieltro.

Ha de salvar a aquella humilde Italia
por quien murió Camila, la doncella,
Turno, Euríalo y Niso con heridas.

Este la arrojará de pueblo en pueblo,
hasta que dé con ella en el abismo,
de que la hizo salir el Envidioso.

Por lo que, por tu bien, pienso y decido
que vengas tras de mí, y seré tu guía,
y he de llevarte por lugar eterno,

donde oirás el aullar desesperado,
verás, dolientes, las antiguas sombras,
gritando todas la segunda muerte;

y podrás ver aquellas que contenta
el fuego, pues confían en llegar
a bienaventurados cualquier día;

y si ascender deseas junto a estas,
más digna que la mía allí hay un alma:
te dejaré con ella cuando marche;

que aquel Emperador que arriba reina,
puesto que yo a sus leyes fui rebelde,
no quiere que por mí a su reino subas.

En toda parte impera y allí rige;
allí está su ciudad y su alto trono.
¡Cuán feliz es quien él allí destina!>>

Yo contesté: <<Poeta, te requiero
por aquel Dios que tú no conociste,
para huir de este o de otro mal más grande,

que me lleves allí donde me has dicho,
y pueda ver la puerta de San Pedro
y aquellos infelices de que me hablas.>>
Entonces se echó a andar, y yo tras él. 

Canto III

POR MÍ SE VA HASTA LA CIUDAD DOLIENTE,
POR MÍ SE VA AL ETERNO SUFRIMIENTO,
POR MÍ SE VA A LA GENTE CONDENADA.

LA JUSTICIA MOVIÓ  MI ALTO ARQUITECTO.
HÍZOME LA DIVINA POTESTAD,
EL SABER SUMO Y EL AMOR PRIMERO.

ANTES DE MÍ NO FUE COSA CREADA
SINO LO ETERNO Y DURO ETERNAMENTE.
DEJAD, LOS QUE AQUÍ ENTRÁIS, TODA ESPERANZA.

Estas palabras de color oscuro
vi escritas en lo alto de una puerta;
y yo: <<Maestro, es grave su sentido.>>

Y, cual persona cauta, él me repuso:
<<Debes aquí dejar todo recelo;
debes dar muerte aquí a tu cobardía.

Hemos llegado al sitio que te he dicho
en que verás las gentes doloridas,
que perdieron el bien del intelecto.>>

Luego tomó mi mano con la suya
con gesto alegre, que me confortó,
y en las cosas secretas me introdujo.

Allí suspiros, llantos y altos ayes
resonaban al aire sin estrellas,
y yo me eché a llorar al escucharlo.

Diversas lenguas, hórridas blasfemias,
palabras de dolor, acentos de ira,
roncos gritos al son de manotazos,

un tumulto formaban, el cual gira
siempre en el aire eternamente oscuro,
como arena al soplar el torbellino.

Con el terror ciñendo mi cabeza
dije: <<Maestro, qué es lo que yo escucho,
y quién son estos que el dolor abate?>>

Y él me repuso: <<Esta mísera suerte
tienen las tristes almas de esas gentes
que vivieron sin gloria y sin infamia.

Están mezcladas con el coro infame
de ángeles que no se rebelaron,
no por lealtad a Dios, sino a ellos mismos.

Los echa el cielo, porque menos bello
no sea, y el infierno los rechaza,
pues podría dar gloria a los caídos.>>

Y yo: <<Maestro, ¿qué les pesa tanto
y provoca lamentos tan amargos?>>
Respondió: <<Brevemente he de decirlo.

No tienen estos de muerte esperanza,
y su vida obcecada es tan rastrera,
que envidiosos están de cualquier suerte.

Ya no tiene memoria el mundo de ellos,
compasión y justicia les desdeña;
de ellos no hablemos, sino mira y pasa.>>

Y entonces pude ver un estandarte,
que corría girando tan ligero,
que parecía indigno de reposo.

Y venía detrás tan larga fila
de gente, que creído nunca hubiera
que hubiese a tantos la muerte deshecho.

Y tras haber reconocido a alguno,
vi y conocí la sombra del que hizo
por cobardía aquella gran renuncia.

Al punto comprendí, y estuve cierto,
que esta era la secta de los reos
a Dios y a sus contrarios displacientes.

Los desgraciados, que nunca vivieron,
iban desnudos y azuzados siempre
de moscones y avispas que allí había.

Estos de sangre el rostro les bañaban,
que, mezclada con llanto, repugnantes
gusanos a sus pies la recogían.

Y luego que mirar me puse a otros,
vi gentes en la orilla de un gran río
y yo dije: <<Maestro, te suplico

que me digas quién son, y que designio
les hace tan ansiosos de cruzar
como discierno en la luz escasa.>>

Y él repuso: <<La cosa he de contarte
cuando hayamos parado nuestros pasos
en la triste ribera de Aqueronte.>>

Con los ojos ya bajos de vergüenza,
temiendo molestarle con preguntas
dejé de hablar hasta llegar al río.

Y he aquí que viene en bote hacia nosotros
un viejo cano de cabello antiguo,
gritando: <<¡Ay de vosotras, almas pravas!

No esperéis nunca contemplar el cielo;
vengo a llevaros hasta la otra orilla,
a la eterna tiniebla, al hielo, al fuego.

Y tú que aquí te encuentra, alma viva,
aparta de estos otros ya difuntos.>>
Pero viendo que yo no me marchaba,

dijo: <<Por otra vía y otros puertos
a la playa has de ir, no por aquí;
más leve leño tendrá que llevarte.>>

Y el guía a él: <<Caronte, no te irrites;
así se quiere allí donde se puede
lo que se quiere, y más no me preguntes.>>

Las peludas mejillas del barquero
del lívido pantano, cuyos ojos
rodeaban las llamas, se calmaron.

Mas las almas desnudas y contritas, 
cambiaron el color y rechinaban,
cuando escucharon las palabras crudas.

Blasfemaban de Dios y de sus padres,
del hombre, el sitio, el tiempo y la simiente
que los sembrara, y de su nacimiento.

Luego se recogieron todas juntas,
llorando fuerte en la orilla malvada
que aguarda a todos los que a Dios no temen.

Carón, demonio, con ojos de fuego, 
llamándolos a todos recogía;
da con el remo si alguno se atrasa.

Como en otoño se vuelan las hojas
unas tras otras, hasta que la rama
ve ya en la tierra todos sus despojos,

de este modo de Adán las malas siembras
se arrojan de la orilla de una en una,
a la señal, cual pájaro al reclamo.

Así se fueron por el agua oscura,
y aún antes de que hubieran descendido
ya un nuevo grupo se había formado.

<<Hijo mío - cortés dijo el maestro - 
los que en ira de Dios hallan la muerte
llegan aquí de todos los países:

y están ansiosos de cruzar el río,
pues la justicia santa les empuja,
y así el temor se transforma en deseo.

Aquí no cruza nunca un alma justa,
por lo cual se Carón de ti se enoja,
comprenderás qué cosa significa.>>

Y dicho esto, la región oscura
tembló con fuerza tal, que del espanto
la frente del sudor aún se me baña.

La tierra lagrimosa lanzó un viento
que hizo brillar un relámpago rojo
y, venciéndome todos los sentidos,
me caí como el hombre que se duerme.


Extraído de:
Alighieri, Dante. Divina Comedia. Ed. Cátedra. Madrid. 2006.








Dante y La Divina Comedia


Grupo 5° Humanístico 1 Liceo N° 1 Dr. Alfonso Espínola

CONTEXTUALIZACIÓN HISTÓRICA

  La Edad Media  es un extenso período histórico que abarcó alrededor de diez siglos; desde el siglo V al XV aproximadamente, por ello conviene dividirla en dos etapas.

Alta Edad Media

  En esta época es posible hablar de oscurantismo, en la medida en que el derrumbe de las estructuras del imperio romano, la permanente amenaza de los bárbaros y la supremacía religiosa de un cristianismo que pone el énfasis en una vida ultraterrenal traen aparejados la imagen de un hombre culpable por el hecho de ser tal, abrumado por el fin del mundo y su inevitable perdición.
  En el plano de la teología es de destacar el pensamiento de San Agustín (siglo V), quien ve la evolución de la historia humana como una manifestación de la voluntad de Dios. El hombre, ser imperfecto por naturaleza es para este pensador salvado únicamente por la gracia divina que elige para estos fines solo a unos pocos, mientras la inmensa mayoría será condenada a las llamas del infierno.
  En el plano intelectual, esta época se caracteriza porque en ella la idea de progreso es completamente desconocida. Busca conservar fielmente lo antiguo y lo tradicional. Los valores supremos están fuera de duda y se encuentran encerrados en formas enteramente válidas.
  Sobre el fin de este período y como coronación del espíritu del mismo se impone en la arquitectura el estilo románico, las llamadas "fortalezas de Dios", edificaciones caracterizadas por su pesadez, sus gruesas paredes, sus escasas aberturas que impiden el contacto con el exterior, hablan de un hombre encerrado, temeroso de lo externo y agobiado por la presencia de un Dios distante y duro.

Baja Edad Media

  Se caracteriza por un renacer en todos los planos de la actividad humana.
Las ciudades comienzan a surgir y vuelven a ser un lugar de encuentro y de puesta en contacto con el mundo; se dan los comienzos de una economía monetaria y mercantil.
Los caminos se animan y comienzan a llenarse de mercaderes y viajeros; las clases altas descubren el placer de aparentar, de brillar en los acontecimientos mundanos y el lujo en el vestido, en la mesa o en la ornamentación de la casa comienza a ser un signo de poder y un elemento de disfrute de lo terrenal y cotidiano.
  La iglesia acompaña el movimiento procurando disciplinar su clero y la actividad de los laicos, en este sentido se debe señalar el movimiento cluniciense (siglo X) que procura devolver la pureza original a las instituciones religiosas y separadas de lo material, seguido luego por el movimiento cartujo y cisterciense del siglo XI y XII. La misma visión de la divinidad cambia y ahora el hombre se siente protegido por un amoroso ser superior al cual puede llegar a través de la invocación de los santos o de la virgen.
En la arquitectura; la aparición del gótico da lugar al cambio más profundo de la historia del arte moderno.
  El hombre se yergue nuevamente sobre la tierra y, aunque no olvida la posibilidad de los castigos del más allá, ahora esta vida lo invita a disfrutar, se plantea como digna de ser vivida. El culto a la Virgen María pasa a un primer plano y se la ve como intermediaria ideal entre el hombre y Dios.
  El oscurantismo ha dado paso a la luz, la desesperanza a la fe, la valoración de lo ultraterrenal a la valoración de lo que pertenece a este mundo y precisamente en esta transición, en este dualismo es que debemos acercarnos al hombre de esta época.

Literatura

  En la literatura se observa la maduración de la herramienta expresiva, la lengua, que desprendida del latín original, a lo largo de la Edad Media va a evolucionar a lo que conocemos como lenguas romances. Si bien, el latín conservará su puesto como lengua erudita, poco a poco estas nuevas manifestaciones  lingüísticas irán ganando terreno hasta llegar al punto de llegar a poder expresar poéticamente todas las inquietudes del hombre.
Esta literatura da sus primeros frutos en la épica, y es así que surgen los cantares de gesta.
La evolución de la épica sentará las bases de la sensibilidad occidental.
Ahora veremos el desarrollo de este género en tres grandes pasos: la lírica trovadoresca, la escuela de Sicilia y el Dolce Stil Nuovo, llegando así a Dante.
La lírica trovadoresca
  Llamamos así, en el estricto sentido de la palabra, a la poesía que fue cultivada por los trovadores, que entre los siglos XI y XII escribieron en la lengua románica, que se conoce con el nombre de "provenzal".
Si bien, geográficamente ubicamos su núcleo en Provenza, no debemos olvidar que esta literatura no aparece vinculada a lo que hoy llamamos una nacionalidad; en esta época la zona del medio día de las Galias estaba dividida en señoríos más o menos independientes, y por encima de esta división política hay una unidad lingüística que permite que todos colaboren en el hacer de determinado tipo de literatura.
  El trovador es el poeta que, además de escribir sus versos compone la música con la que deben ser acompañados; es una poesía destinada a ser cantada y a ser escuchada por un público que, en su mayoría y más aún si la ejecución se daba en la plaza, es analfabeto.
A partir del siglo XIII las costumbres sociales evolucionan hacia un mayor refinamiento; la vivienda señorial se hace más refinada y las reuniones sociales son habituales. La mujer comienza a ejercer un rol protagónico como señora del castillo y centro de la vida social incipiente. En este marco la lírica trovadoresca desarrolla un concepto de amor; el amor cortés, que implica una traslación del vasallaje político al campo sentimental; la dama es el ser superior al que el enamorado rinde culto y ofrece su vida como servicio, de tal manera que la llama "midons", mi señora. Este sentimiento exige de la discreción del poeta en la medida en que la amada ha de ser, casi forzosamente, casada; es este pues un amor adúltero basado en el axioma de que no puede haber  "buen amor verdadero" en el matrimonio. La dama aparece como figura idealizada, distante, vista como poseedora de las máximas virtudes, tanto físicas como morales, origen y destinataria del hacer poético. Esta idealización no nos debe hacer pensar en el desprecio o censura absoluta hacia el aspecto físico del amo, pues a pesar de que se ha querido hablar de un sentimiento exclusivamente platónico, son muchos los poetas que nos hablan de sus logros en este terreno.

Dante - breve biografía

Nace en mayo de 1265 en Florencia.
Conoce a Beatriz en mayo de 1274, de ella se habría enamorado, esta será inmortalizada en su obra.
Beatriz muere en 1290.
Se casa en 1295 y empieza su actividad política.
En 1302 es exiliado.
El 14 de setiembre de 1321 muere en Ravena.

La Divina Comedia; su título

  La Comedia, conocida desde el siglo XVI bajo el título de La Divina Comedia es un extenso poema escrito por Dante en lengua vulgar, abarcando un total de 14333 versos, obra máxima de la literatura italiana cuyas primeras ediciones se remontan a 1472.
Dante denominó a su obra Comedia, el calificativo Divina es agregado posteriormente por sus admiradores, aludiendo tanto a su calidad estética, como a su sustancia religiosa.
"Comedia" es uno de los subgéneros del drama, sin embargo, la composición de Dante no tiene la estructura formal de este género; lo que sucede es que en la época que escribe el poeta florentino se ponía mayor atención al contenido, para determinar la pertenencia a un género determinado, que a la forma. Es así que para que una obra fuera "comedia" debía comenzar en la tristeza y terminar en alegría y, evidentemente, el viaje del personaje central comienza en un momento de dolor, perdido en la "selva oscura", para luego de diversas pruebas, terminar en la mayor de las felicidades: ver a Dios y obtener la salvación de su alma.
  Generalmente se ubica la composición de la Divina Comedia en los últimos y más dolorosos años de Dante, los del exilio. Toda la crítica coincide en que el "Infierno" habría sido terminado alrededor de 1308, el "Purgatorio" hacia 1313 y el "Paraíso" poco antes de su muerte.

Argumento

  Es la narración de un viaje realizado por su propio autor, Dante, que asume la condición de narrador y personaje, por los tres reinos de ultratumba; infierno, purgatorio y paraíso, según eran concebidos por la iglesia de la época. La obra comienza con el personaje perdido en la "selva oscura" (el pecado) y acorralado por tres fieras que le impiden la salida de ese paraje; gracias a la intervención de la sombra de Virgilio, poeta latino, emprenderá el viaje que lo sacará de esta situación primera, y en cuyo recorrido verá los castigos eternos a los que son sometidos las almas de los condenados, los suplicios de aquellos que, habiéndose salvado aún deben someterse a un proceso de purificación, y, por último, habiendo sido dejado por Virgilio que cede su lugar de guía a Beatriz, Dante verá la alegría de los bienaventurados, los que han logrado la salvación eterna.
  La idea de localizar la acción de la obra en el espacio que se abre más allá de la muerte, no es original de Dante, lo que sí es innovador es, en el plano de la narración; el proponer la experiencia como algo real, un viaje y no una visión, y elegirse a sí mismo como protagonista. Dentro del plano de las ideas, una fuerza totalizadora que organiza al otro mundo según claras normas morales y la idea de perfeccionamiento del hombre que le conduce a la salvación.

Estructura formal

  La obra está dividida en tres partes, denominadas cánticas y que responden, cada una de ellas, a los tres reinos en que la tradición cristiana considera está estructurado el más allá: Infierno, Purgatorio y Paraíso.
  Cada cántica, está dividida en treinta y tres cantos, excepto la primera que tiene treinta y cuatro, el primer canto es considerado como una introducción general a la obra. Sumados todos nos dan un total de cien cantos. La estructura de cada parte respeta un plan muy estricto; los cantos oscilan entre los ciento quince versos y los ciento cincuenta y cuatro y el número total de versos que componen las tres cánticas es catorce mil trescientos treinta y tres para el poema entero.
  La obra está escrita en versos endecasílabos y la estrofa empleada es el terceto (terzina), donde coinciden el primer con el tercer verso, mientras que el segundo marca la rima para la terzina siguiente: aba - bcb - cdc. Cada canto termina con un cuarteto para no dejar un verso suelto.
  Toda esta estructuración se basa en la utilización cabalística de ciertas cifras: el 3 es un número perfecto, el número de la Santísima Trinidad y de allí la reiteración de esta cifra en la estructura; el 9 es un número místico y sagrado, resulta de la multiplicación del tres por sí mismo, el 33 también posee significado cabalístico en la medida en que reitera el 3, el 1 la unidad, representa la divinidad.

Los tres reinos

El Infierno

  Guiado por Virgilio, Dante llega al Infierno, es en el canto III donde se ingresa a este reino, la inscripción en su puerta nos dará las características fundamentales del mismo: la ciudad del dolor eterno, habitada por la gente perdida, ninguna esperanza de perdón o reconciliación pueden albergar los que allí pagan su culpa.
  Físicamente este mundo está dividido en nueve círculos en los que se ubica a las almas pecadoras de acuerdo a determinadas normas; cuanto más abajo menor será el espacio y mayor la culpa y el castigo. Esta división espacial se corresponde con una estratificación moral; siguiendo la distinción aristotélica de las tres disposiciones viciosas del alma humana, incontinencia, bestialidad y malicia. Dante agrupa dentro de la primera a los lujuriosos, glotones, avaros, pródigos e iracundos, dentro de la tendencia a la "bestialidad" coloca a los herejes y violentos, para terminar con los maliciosos que incluyen a los traidores y fraudulentos. Es de destacar cómo el mayor grado de racionalidad que implica un pecado para concretarse agrava la culpa, los habitantes de los primeros círculos no hicieron otra cosa que dejarse dominar por pasiones inherentes a la esencia humana, mientras que los últimos utilizaron su capacidad intelectual para hacer el mal.
  La oscuridad, reflejo físico de la condición moral del alma de los condenados, domina este mundo, este "aire sin estrellas" que se hace más alucinante en la medida que se llena de gritos de dolor y terribles blasfemias, expresión de la ira y la impotencia de las almas pecadoras ante la justicia divina. Es este el reino donde el recuerdo de la tierra está más presente, no solo a través de las vivencias de cada uno de los que allí habitan, sino de la indiscutible  "corporeidad" que asumen las almas.
  Habitado no solo por almas sino también por gusanos, perros y serpientes que colaboran con la función de los demonios, extraídos muchos de ellos del mundo mitológico grecolatino, en el vértice mismo del cono, Lucifer, el ángel caído concentra en su figura el terror del Infierno.
  El castigo tendrá evidente relación con la culpa; esta relación puede ser de similitud, como en el caso de los lujuriosos arrastrados eternamente por el viento como en vida se dejaron arrastrar por la pasión, o los suicidas, que habiendo atentado contra su cuerpo se ven obligados a renunciar a él; o de oposición a la culpa, como el caso de los "indiferentes", que no habiendo hecho una opción en vida se ven obligados ahora a experimentar el acicate de los moscones y las avispas y a correr detrás de una bandera.    Todos estos castigos cobran una verdadera dimensión a través de dos condiciones de mayor abstracción: son eternos, es decir, el condenado no tiene ninguna esperanza de que cesen y no tienen otra significación que la del dolor que ellos producen, ya que se repetirán idénticamente por siempre, sin que sirvan para disminuir la culpa.

Purgatorio

  Está ubicado en la Tierra y las almas sufren tormentos similares a los infernales, es, sin embargo, el reino de la esperanza, pues los que allí habitan ya se han salvado, aspiran con certeza a ver a Dios y el sufrimiento es para ellos una vía de purificación que acelerará el tránsito a la gloria.
  Convencidos ya de la vanidad de las cosas terrenas, aspirando a gozar la gloria, las almas se hacen aquí menos corpóreas, más puras en su calidad de espíritus, y su registro emotivo deja de lado la violencia pasional de las almas infernales para teñirse de dulce melancolía, los gritos son sustituidos por el canto  a coro, en el infierno las almas están encerradas en su individualidad, aquí unidas en el amor, trascienden sus límites para unirse en alabanza al creador. Los demonios son remplazados por visiones angélicas que hablan de la proximidad del paraíso.
  Geográficamente el Purgatorio se ubica en una isla inaccesible del hemisferio austral, en las antípodas de Jerusalén. Concebido como una montaña está dividido en tres zonas: en la base una zona rocosa, de difícil acceso: el Antepurgatorio; en el cuerpo del monte, el Purgatorio propiamente dicho, dividido a su vez en siete terrazas, donde el alma se purifica de los siete pecados capitales (soberbia, envidia, ira, pereza, avaricia, gula y lujuria) y por fin, en la cúspide una planicie que es el Paraíso terrestre. En este termina la función encomendada a Virgilio, al que está vedado entrar en el reino de los bienaventurados. En la etapa intermedia del Paraíso terrenal (cantos XXVIII a XXXIII, Purgatorio) Virgilio desaparece del lado de Dante y, ante los asombrados ojos de este, aparece Beatriz, símbolo de la teología o la gracia divina única guía posible para caminar por el Paraíso.

Paraíso

  Del Paraíso terrenal Dante asciende al Paraíso verdadero atravesando, con la guía de Beatriz, los nueve cielos, esferas concéntricas luminosas y transparentes, sobre las cuales está el cielo empíreo, fijo, cede del mismo Dios, y, en torno a él, las jerarquías celestiales y la rosa de los bienaventurados, iluminada directamente por el propio Señor de la creación. Los nueve cielos son:
1. Cielo de la Luna, cantos I al IV, donde se ubican los espíritus que quebrantaron sus votos.
2. Cielo de Mercurio, cantos V al VIII, ubicación de los espíritus activos y bienhechores.
3. Cielo de Venus, cantos VIII al IX, ubicación de espíritus amantes.
4. Cielo del Sol, cantos X al XIII, ubicación de espíritus de teólogos y doctores.
5. Cielo de Marte, cantos XIV al XVII, ubicación de los espíritus que combatieron por la fe.
6. Cielo de Júpiter, cantos XVIII al XX, ubicación de los espíritus justos y sabios.
7. Cielo de Saturno, cantos XXI al XXII, ubicación de los espíritus contemplativos.
8. Cielo de las Estrellas, cantos XXIII al XXVI, ubicación de los espíritus triunfantes.
9. Cielo Cristalino, cantos XXVII al XXXIII, ubicación del Empíreo donde está Dios iluminando la rosa de los Bienaventurados y rodeado de nueve círculos de jerarquías angelicales que son: ángeles, arcángeles, principados, potestades, virtudes, dominaciones, tronos, querubines y serafines.
  El criterio utilizado por el autor para colocar las almas en distintas esferas no está, a diferencia de las cánticas anteriores, explicitado en la obra; lo único obvio es que cuanto más cerca de Dios se encuentra el alma, más perfecta es.
  Este es el reino del espíritu absolutamente liberado de la carne, el reino de la contemplación y de la más absoluta alegría emanada de la visión de Dios; las almas nada lamentan de lo terreno, nada ansían, están completas en sí mismas. La almas son pura luz y puro amor y de allí que los trazos particulares se disuelvan en mística unión; los elementos terrestres que reaparecen en este reino son solo imagen de aquello que intentan transmitir. Lanzado a la contemplación de la unidad misma de Dios, Dante exclama: "¡Oh cuán insuficiente es la palabra y cómo es débil para expresar mi concepto!", y ese sentimiento puede hacerse extensivo a toda la cántica.
  El poema concluye con la palabra "estrellas", que es la misma con la que concluye el Purgatorio, una muestra más de la simetría exterior que se corresponde con la ordenada arquitectura interna.
Extraído de:

Torres, Teresa y Carriquiry, Margarita. Dante. Editorial Técnica s.r.l.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Análisis de la Parábola de la Misericordia - por Profa. Paola De Nigris


Grupo 5° Humanístico 1 Liceo N° 1 Dr. Alfonso Espínola

Biblia - Análisis de las parábolas de la misericordia
Parábolas de la misericordia
Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris
Tema y estructura:

  El tema del capítulo tiene que ver con la redención y la alegría que eso provoca en el cielo. Por el pecado cometido en el paraíso por Adán, el hombre nace perdido, ya que por él, se ha apartado el deseo de estar con Dios, se ha rebelado contra Él. Al darle la espalda a Dios, todos los hombres que vinieron de su simiente también lo hacen. Aquel fruto que como Adán pertenecía al árbol del bien y del mal, su pecado original es la desobediencia, que incita al hombre a creer que puede juzgar las cosas por sí mismo sin equivocarse. La promesa del fruto era el conocimiento “Seréis como dioses” les promete la serpiente que los engaña. El hombre así se aparta del consejo de Dios, y como hijo rebelde, decide no obedecerlo, aun cuando Dios como padre amoroso quiere lo mejor para el hombre. Aunque él se haya apartado, Dios no los abandona nunca y por eso elige mensajeros para que hablen por él.
  Este capítulo habla a todos los hombres, publicanos, pecadores, fariseos y escribas, es decir, aquellos que conocían la palabra y aquellos que tal vez no. En su mensaje trata de trasmitir cuán feliz se ponen en el cielo cuando un alma se salva, llega al arrepentimiento y reconoce su falta. Esto sucede porque el hombre reconoce así la grandeza de Dios. Los ángeles se alegran porque ellos no saben lo que significa ignorar a Dios. Los únicos que lo han hecho han sido los que se rebelaron, y su falta es mayor porque sabían de su existencia, y aun así han elegido desobedecerlo, entre ellos está Satanás.
La salvación, el arrepentimiento, la redención es lo más importante de este capítulo y es la enseñanza que Jesús deja en este episodio. Lo hace a través de tres parábolas: la de la oveja, la de la dracma y la del hijo pródigo.
Una parábola es un cuento que tiene por principio dejar una enseñanza. Esto cuentos eran sencillos y familiares a quienes lo escuchaban, pero su mensaje es trascendente y lleva a la reflexión de quién escucha, porque no se escucha con el entendimiento sino con el corazón. Los discípulos le preguntaban a Cristo: “¿Por qué les hablas por parábolas? Y él respondiendo, les dijo: Porque a vosotros es concedido saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no es concedido… Por eso les hablo por parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden.”(Mt.13:10-11,13). El mensaje es oculto pero no para quién tiene el corazón dispuesto a oír.

El público (Lc.15:1-2)
  Decíamos anteriormente que quienes se llegaban a escuchar a Jesús eran publicanos, pecadores, Fariseos y escribas. Hagamos una distinción en este público que rodea a Jesús.
  Los publicanos, como ya dijimos eran los que recaudaban impuestos para el imperio romano que ocupaba el territorio por estas épocas. Estos eran empleados que obtenían el favor del gobierno, y que por lo general cobraban cuatro veces más de lo que le mandaba el gobierno. Por lo tanto se quedaban con el resto para su propio beneficio. En la época se los consideraban ladrones, porque si bien pertenecían al pueblo judío, explotaban al sus “hermanos”, también los estafaban “legalmente”. Esto era de público conocimiento. Jesús había dicho, de forma muy controvertida para los religiosos, que “los publicanos y las rameras os van delante en el reino de Dios” (Mt.21:31). Esto resulta subversivo si pensamos en la mentalidad de hombres como los Fariseos, pero lo que Cristo quería decir que estos tenían más facilidad para arrepentirse porque sabían que estaban haciendo algo mal.
  Así también sucede con los pecadores. Estos son los que más se acercan a Cristo porque su mensaje les resulta esperanzador y amoroso. En su mensaje se presenta a un Dios que ama y perdona, no juzga, si el hombre es capaz de arrepentirse, por lo tanto existe para ellos una posibilidad de redención que los escribas y los fariseos parecían negarles. Cristo se rodea de estos hombres, porque son los que más necesitan escuchar esta “buena nueva”.
  Los otros dos grupos que se acercan, no parecen hacerlo realmente por el mensaje amoroso y esperanzador, sino con una mirada crítica. Intentan buscar con qué juzgar a Jesús. No buscan su salvación propia porque ya se creen salvos, sino que critican que quien se dice Hijo de Dios, y Mesías, sea capaz de acercarse y hablarle a estas personas que ellos consideran despreciables.
Estos dos versículos del principio son muy importantes para explicar el tema del capítulo. A todos les habla Jesús, a los publicanos y pecadores, para que sepan que pueden arrepentirse y que eso traerá inmensa felicidad al cielo; y a los fariseos y escribas para que se den cuenta que lo más importante es lo de adentro y no el exterior. Que la verdadera felicidad está en salvar a un alma perdida y no en parecer perfectos.
Los Fariseos eran una secta que cumplía estrictamente todos los mandamientos de la ley de Moisés. Se jactaban de hacerlo a la perfección, y consideraban que ya por eso eran salvos. Pero no se preocupaban por saber realmente cuál era el fondo de esa ley, es decir, qué quería decir realmente. Cristo los llama “sepulcros blanqueados”, porque tienen apariencia de santos por fuera pero por dentro están muertos. Sus ritos no tienen ningún contenido, ya que no han entendido lo principal: Dios es amor, como lo dirá en su epístola Juan, y su interés no es condenar al hombre, sino salvarlo.
  Los escribas son aquellos que tenían el propósito de conservar la Biblia, la conocían y la predicaban. Por lo general pertenecían a los Fariseos. La conocían muy bien, lo que no quiere decir que meditaran en ella, sino que más bien exigían que se cumpliera al pie de la letra. Es por esto que estos dos grupos criticaban la forma en que Cristo se comportaba: “Este a los pecadores recibe, y con ellos come”. No entendía que era lo que realmente estaba haciendo, porque les daba tanta importancia, si al fin y al cabo, ellos eran quienes creían estar más cerca de Dios, por su comportamiento intachable a los ojos de la ley mosaica. Esta pequeña introducción explica claramente la razón de una parábola como la del hijo pródigo. 

Primera parábola: la oveja (Lc.15:3-7)

  Estas parábolas parecen ser una explicación para los Fariseos y los escribas de lo que deberían hacer, y no tanto de lo que hacen. Ellos que creyéndose tan perfectos, no han entendido cuál es el verdadero propósito de su función en el mundo.
Aquí Jesús habla de cien ovejas, por ser estos animales comunes en el entorno en de campesinos. Las ovejas son animales inofensivos, que necesitan de quién las guíe. Muchas veces se ha asociado al cristiano con las ovejas, cuando el mismo Cristo dice: “Yo soy el buen Pastor: el buen pastor su vida da por las ovejas” (Jn.10:11). Las ovejas tiene la particular de no poder ver claramente a causa de la lana que tapa sus ojos, por lo tanto se guían por la voz de quien pastorea, de allí la similitud con el cristiano.
Estas son muchas ovejas, pero eso no tiene importancia, basta con que una sola se haya perdido para que el Pastor sienta que debe recuperarla, porque esta puede encontrarse en peligro, por las amenazas de los depredadores. La similitud es clara, la oveja se fue porque escuchó otra voz, o porque no escuchó la del pastor. Recordemos que así se perdió el hombre en el Edén, por no querer escuchar la voz de Dios. A su vez en la epístola de Pedro, al diablo se lo relaciona con un “león rugiente” que “anda alrededor buscando a quien devore” (1P.5:8).
  La parábola está planteada en forma de pregunta para que la reflexión los lleve al interior de sus corazones, y los invite a ponerse en su lugar.
Una vez hallada la oveja la felicidad es inmensa para el pastor quien la carga e invita a sus amigos a celebrar con él haberla hallado. Lo que movió al pastor fue la misericordia, que significa “amor a la miseria”. El pastor comprendió el peligro en que la oveja se encontraba y no estaba dispuesto a dejarla así, sin darle socorro. De la misma manera Dios busca a los hombres que se pierden, porque no pretende dejarlos que sufran por las acechanzas del diablo. Así es que la parábola termina con la fiesta, no sólo en la tierra sino también en el cielo. “Habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que de noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentimiento” (v.7), es el arrepentimiento el camino de regreso a Dios, es la posibilidad de volver a encontrar la tranquilidad que Dios brinda al hombre que elige estar a su lado. Ese sirve a Dios para encontrar a esas almas que se han perdido, y como los vecinos deberían celebrar su regreso al camino correcto.

Segunda parábola: la dracma

  La segunda parábola tiene una particularidad, ha bajado el número de los elementos involucrados en ella, ya no son cien ovejas, ahora son diez dracmas. Esto ya nos reafirma que poco importa el número que se tenga, basta una sola para que quien la pierda tenga la responsabilidad de buscarla con ahínco.
  Es en esta parábola que se muestra, justamente, el ahínco de la mujer. No acepta la situación fácilmente: enciende la luz, barre, busca con diligencia. La moneda no está acá en peligro, como sucedía con la oveja, pero es valiosa para la mujer. Tal vez su valor no radique necesariamente en lo monetario, sino en lo difícil que es ganarlo. Cada dracma era el salario de un día, por lo tanto, lo que importa no sólo es su cantidad, sino lo que costó tenerlo, ¿cómo puede abandonarse así nomás?, sería como abandonar el esfuerzo propio.   La responsabilidad de encontrarla se transforma en una forma de valor el esfuerzo que costó ganarla. Así mismo pasa con un alma que se pierde, ya no se muestra aquí el peligro como con la oveja, sino el valor que esa alma tiene, y el esfuerzo que ha costado que se arrepintiera.
  La parábola termina igual que la anterior, hay fiesta, tanto en la tierra como en el cielo. Y también es la misericordia la que mueve a esa mujer, porque no le importa tener más dracmas, sino que considera igual de valiosa un dracma que diez, porque todos han sido productos del esfuerzo.

Tercera parábola: el hijo pródigo

  Ahora se baja aún más el número, ya no son cien, ni diez, ahora son dos. Esta parábola está más centrada en el público que está escuchando. Recordemos: por un lado los publicanos y los pecadores; por el otro los Fariseos y los escribas. Estos dos grupos podrían identificarse con los dos hijos del padre amoroso. El primer grupo pertenecería al hijo menor que se va, y el segundo grupo al hermano mayor que se queda y reclama la atención que le da el padre a este hijo cuando vuelve. El padre, pues, representaría a Dios.
  El menor de los hijos reclama al padre la parte de la hacienda que le pertenece, siendo que habitualmente eso se haría una vez que el padre muriera. Este hijo menor, no sólo lo es por edad, también representa al hijo que flaquea en la fe, como diría Pablo en alguna de sus epístolas. Normalmente es el hijo mayor quien se queda con la mayor parte, una vez que el padre muere, pero en este caso, el padre decide no discutir la decisión de su hijo menor. Él tiene libre albedrío, el elige hacer lo que quiera, separarse del amparo de su padre, manejar su vida lejos de sus consejos. Es por eso que elige una “provincia apartada” como metáfora de la condición del hombre de “apartarse de Dios”, de alejarse de sus consejos. Esto lo lleva, obviamente a no tomar prevenciones, sino a vivir “perdidamente”. Dios como un padre, aconseja a sus hijos para su propio bien y felicidad, pero los hombres, y este hijo menor representado en la mayor parte de la humanidad, elige lo contrario, creyendo que la felicidad es lo que a ellos les parece mejor, de allí surge la expresión “perdidamente”.
  Las prevenciones que no toma lo llevan a malgastar y  curiosamente en aquel lugar en que se encuentra aparece una gran hambre. La elección de esa provincia apartada también es la metáfora de una provincia donde nadie sigue el camino recto, es por eso que ese hijo menor se siente tan a gusto. Esto recuerda al salmo 1 donde se plantea la senda del justo y la de los pecadores.
  El hambre lo lleva a buscar trabajo, y uno de los ciudadanos de allí siente, tal vez misericordia de él, pero el trabajo que le da es el de apacentar los puercos, el trabajo que se merece por no haberse prevenido. Este es un trabajo indigno para un judío que consideraba al cerdo un animal inmundo.
Pero el arrepentimiento no es fácil para el corazón humano. A veces es necesaria una gran humillación, por eso la parábola llega más lejos, y el hijo menor desea al menos poder comer la comida de los cerdos. Al menos ellos comían mejor que él. Y aún la comida de los cerdos le era negada.
   Es verse en tal grado de humillación lo que le hace darse cuenta hasta dónde ha llegado.   El arrepentimiento debe ser verdadero y comienza con el darse cuenta o lo que los griegos llamaban la “anagnórisis”. Lo primero que se reconoce a sí mismo es lo que ha perdido: “¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!”. No piensa en que tenía mucho más cuando estaba bajo la protección de su padre, sino que ni siquiera tiene la dignidad de los jornaleros de su padre.
La queja o la lamentación es sólo una parte del arrepentimiento, luego es necesaria la acción: “me levantaré e iré”. Y por último la confesión, el reconocimiento ante el otro de su error, el pedir perdón. Sus palabras son claves: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”. Contra el cielo porque ha desobedecido uno de los mandamientos más importantes “honrarás a tu padre y a tu madre”, y contra él porque también no ha escuchado los consejos de un padre amoroso que lo trató con los honores que merecía su hijo. A este hijo menor no le faltaba nada. Estaba cómodo en la casa de su Padre, y tal vez lo que lo mueve a salir de su lado es querer conocer una vida diferente, sin la protección de los cuidados amorosos que es padre le daba.
  Pero no reclama un reintegro de su condición de hijo, lo que muestra un verdadero arrepentimiento, porque reconoce que no es digno de eso. Ha perdido lo que por ley le correspondía, así que lo único que está dispuesto a pedir es ser uno de sus jornaleros. Este es el verdadero arrepentimiento, ya que está dispuesto a humillarse, aun perdiendo su condición natural de hijo.
  La acción no sólo queda en la palabra, sino que se realiza y va hacia su padre. La misericordia se da en el padre que corre y se echa al cuello y lo besa. No necesita explicaciones, le alcanza con verlo vivo, verlo sano, verlo de vuelta. Sabía que lejos estaba en peligro, pero también sabía que había sido una decisión de su hijo y la respetó. Así hace Dios con el hombre que se aparta, respeta su decisión pero está deseoso de que vuelva, de verlo otra vez.
  El hijo ni siquiera necesita decir todo lo que había pensado, le dice lo esencial para que el padre comprenda lo difícil que es para su hijo esta acción: “he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo”. Estas palabras no nacen de la conveniencia, nacen de la verdadera humillación del corazón. El padre lo sabe, porque comprende lo difícil que es volver, y lo angustiado que se sentía de no saber nada de él.
  Es por eso que el padre actúa de forma inesperada para todos, incluido su hijo: “sacad el principal vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y zapatos en sus pies”. Es su hijo, y aun cuando se haya equivocado sigue siendo su hijo, pero mayor es la alegría de saber que su hijo ha vuelto, que es como si hubiera resucitado, que ha vuelto, por sí solo al amparo de su padre, y ha aprendido la lección. Así mismo lo dice: “porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; habíase pedido, y es hallado”. Volver también implica reconocer a su padre, y todo lo que él le enseñó, aun cuando éste no espere ser reconocido como tal. El último paso, entonces del arrepentimiento, es la humildad.
  La segunda parte de esta parábola es la que refiere al hijo mayor, que en realidad representaría a los Fariseos, pero también refleja la parte del hombre que cree en su justicia. La justicia de los hombres no es la de Dios, porque el corazón del hombre es egoísta y piensa en sí mismo y en lo que cree que merece, no logra comprender naturalmente que los propósitos de Dios que son otros.
  Este hijo mayor, que metafóricamente debería tener mayor espiritualidad que el menor, llega del campo, de trabajar, y no comprende la razón de la algarabía. Escucha fiesta, pero no sabe del arrepentimiento, porque nunca tuvo nada de qué arrepentirse. No osó transgredir las normas paternas, siempre se mantuvo a su lado, por lo tanto tampoco puede saber de la humillación que implica el arrepentimiento, y de la humildad que se necesita para confesarlo.
  Ni siquiera se entera por su padre, ni por su hermano, sino por un criado, y se niega a formar parte de esta fiesta. El criado le informa, pero sólo los hechos, no el contenido de los hechos: “tu hermano ha venido; y tu padre ha muerto el becerro grueso por haberle recibido salvo”. Nada puede entender el hermano mayor, quien obviamente se siente celoso. Ese hermano que lo ha abandonado, que lo ha ignorado, es ahora motivo de fiesta, de regocijo. A sus ojos esto es injusto. Así mismo lo ven los Fariseos: nosotros que hemos seguido todos los mandamientos, ahora, cuando el supuesto Mesías llega, en vez de hacernos fiesta por nuestra fidelidad, se dedica a festejar con los pecadores; ¿cómo se puede entender esto?
  El padre, una vez más movido a misericordia, no deja al hermano mayor solo en el campo. Lo va a buscar. Le ruega que comparta con él esta alegría. Dios quiere a todos en su fiesta, no sólo al que se arrepiente, sino también al que enojado no comprende la justicia divina.
El reclamo del hijo mayor parece justo a los ojos de un corazón humano: “He aquí tantos años te sirvo, no habiendo traspasado jamás tu mandamiento, y nunca me has dado un cabrito para gozarme con mis amigos: mas cuando vino éste tu hijo, que ha consumido tu hacienda con rameras, has matado para él el becerro grueso.” (Lc.15:29-30). Es injusto a los ojos del Fariseo, tanta atención a quien ha sido capaz de abandonar el amor paterno y dedicarse al libertinaje.
  La contestación del padre es la moraleja de la parábola: “tú siempre estás conmigo”, reconoce la fidelidad y devoción de su hijo, y ya tiene su recompensa por eso, “todas mis cosas son tuyas”. Es heredero de todo lo que tiene, no hay distinción, forma parte de todas las riquezas que goza. Pero ahora tienen una riqueza mucho mayor que merece la fiesta, porque se ha logrado algo que resulta casi imposible: “este tu hermano muerto era, y ha revivido; habíase perdido y es hallado”. ¿Qué mayor riqueza puede haber que volver de la muerte o recuperar lo que ya se daba por perdido?

  Esta es la comprensión que Cristo quiere de todos los que lo escuchan, el alma que se arrepiente y vuelve al camino de Dios debe ser motivo de fiesta y regocijo, tanto en la tierra como en el cielo, sin importar qué haya hecho esa alma cuando estaba perdida.

Extraído de:
http://paola-literatura.blogspot.com.uy/search/label/Biblia

lunes, 8 de mayo de 2017

Romanticismo: Rima XI y Las Cuitas del joven Werther


Grupo 6° Derecho 1 - Liceo N° 1 Dr. Alfonso Espínola


COMPARANDO...


RIMA XI

—Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión,
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas?
                                      —No es a ti, no.

—Mi frente es pálida, mis trenzas de oro:
puedo brindarte dichas sin fin,
yo de ternuras guardo un tesoro.
¿A mí me llamas?
                                      —No, no es a ti.

—Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy intangible:
no puedo amarte.
                                      —¡Oh ven, ven tú!



Gustavo Adolfo Bécquer
Extraído de:














DEJO EL ENLACE DEL TEXTO COMPLETO: Las cuitas del joven Werther de Johann Wolfgang von Goethe. deben IMPRIMIR solo la CARTA DEL 16 DE JUNIO:



domingo, 7 de mayo de 2017

Parábola de la Misericordia


5° Humanístico 1 Liceo N° 1 Dr. Alfonso Espínola


Lucas 15 - Parábolas de la misericordia



1 Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle,
2 y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos.»
3 Entonces les dijo esta parábola.
4 «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las 99 en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra?
5 Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros;
6 y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: "Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido."
7 Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión.
8 «O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra?
9 Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: "Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido."
10 Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»
11 Dijo: «Un hombre tenía dos hijos;
12 y el menor de ellos dijo al padre: "Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde." Y él les repartió la hacienda.
13 Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino.
14 «Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad.
15 Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos.
16 Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba.
17 Y entrando en sí mismo, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre!
18 Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti.
19 Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros."
20 Y, levantándose, partió hacia su padre. «Estando él todavía lejos, le vió su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente.
21 El hijo le dijo: "Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo."
22 Pero el padre dijo a sus siervos: "Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies.
23 Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta,
24 porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado." Y comenzaron la fiesta.
25 «Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas;
26 y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
27 El le dijo: "Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano."
28 El se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba.
29 Pero él replicó a su padre: "Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos;
30 y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!"
31 «Pero él le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo;
32 pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado."»
Extraído de: